Por: Michelle Soto para AMPrensa
Fotos: Nina Cordero

Para tener un 66% de probabilidad de limitar el calentamiento del planeta a 1,5°C, nos quedaban solo 420 gigatoneladas que podíamos emitir al 1 de enero de 2018. Ese número es mucho más bajo hoy, porque emitimos cerca de 40 gigatoneladas cada año. Al ritmo actual de emisiones, nuestro presupuesto se habrá consumido en ocho años.”

Quien habla no es un experto del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés), sino una adolescente de 16 años. Lo hace subida en un banco para alcanzar el micrófono y dirigirse a una plenaria colmada de adultos que representan a los 196 países que son miembros de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC).

“Este es mi mensaje. Quiero que se enfoquen en esto. Díganme, por favor, ¿cómo pueden ver estos números sin sentir algo de pánico? ¿Cómo responden al hecho de que prácticamente nada estamos haciendo sobre esto sin sentir aunque sea un poco de enojo? ¿Y cómo comunicamos esto sin sonar alarmista? Me gustaría saber eso”, cuestionó Greta Thunberg durante su intervención en el segmento ministerial de la 25° Conferencia de las Partes de la CMNUCC, más conocida como COP25.

Minutos más tarde, la sesión se llenó de voces juveniles que, mediante cánticos y proclamas, pedían a los líderes mundiales tomar acción inmediata para reducir las emisiones de carbono y demandaron justicia climática en la cumbre.

“África es la más golpeada por la crisis climática. Todos los días se pierden cientos de vidas. ¿Debemos seguir viviendo así? La injusticia climática es un crimen. No podemos esperar de 3 a 5 años para combatir la crisis climática. No podemos quedarnos sin hacer nada cuando la crisis climática está arrasando nuestro futuro. Es hora de acciones y no de palabras vacías”, pidió Adenike Oladosu, de Nigeria.

En tanto, Toby, de Australia, sumó: “La COP25 se enorgullece del lema ‘Hora de actuar’. Eso significa que es hora de dejar atrás la política, el dinero y la codicia para pasar a la acción colaborativa mundial”.

“Nuestro país está en negación”, manifestó, a su vez, la brasileña Daniela Borges, quien seguidamente añadió: “Necesitamos ayuda de todo el mundo para controlar esto. Los otros países que compran nuestros productos deben entender que muchos de esos productos tienen sangre de nuestra gente en ellos”.

Creer que el movimiento de las protestas escolares se reduce a Greta Thunberg es ignorar que la emergencia climática es un fenómeno global, cuyas consecuencias no respetan fronteras, tampoco etnias ni estratos socioeconómicos. El clamor por la acción climática es joven y multicultural.

El enojo de los más chicos

“Necesitamos un balance entre optimismo y enojo. Necesitamos optimismo para seguir trabajando y para no rendirnos, pero el optimismo viene de la acción. Una vez que empecemos a actuar, tendremos esperanza. Necesitamos enojo para salir de nuestra zona de confort. Estoy segura de que, si la gente escuchara lo que pasa en estas COP y en estas negociaciones, estarían muy enojadas. Entonces sí, necesitamos las dos en un balance adecuado”, le respondió Thunberg a Carlos Manuel Rodríguez, ministro de Ambiente y Energía de Costa Rica, durante un panel.

Ese enojo ante la impotencia de ver a los adultos decidiendo su futuro, y ellos no poder decir nada al respecto, llevó a los jóvenes –durante 2019– a realizar movilizaciones masivas en distintos países del mundo, siendo la más grande la ocurrida el pasado 20 de setiembre cuando 7,6 millones de personas se tiraron a las calles en 163 países.

El 6 de diciembre último, al cumplirse una semana de negociaciones en el marco de COP25, unas 500.000 personas colmaron las calles madrileñas (ciudad donde se realizó la cumbre climática). A los jóvenes se les unieron representantes de pueblos indígenas, organizaciones ecofeministas y ecologistas, así como familias enteras, quienes entonaron proclamas como “el planeta no se vende, el planeta se defiende”, “cambia al sistema, no el clima”, “los océanos se alzan, nosotros también” o “el buen vivir no es consumir”.

“La COP25 no es algo de lo que podamos mirar más allá e ignorar, debemos aprovechar cada oportunidad que tengamos… Sinceramente, espero que la COP25 conduzca a algo concreto y a un aumento de la conciencia entre la gente en general”, dijo Thunberg desde el escenario dispuesto en Nuevos Ministerios, lugar adonde llegó la marcha que había salido de la estación de trenes de Atocha.

“He tenido fiebre tifoidea. He tenido malaria. Mi abuela murió de cólera. Sé de lo que hablo”, exclamó Jimmy Fénelon, coordinador nacional de la Red Ambiental Juvenil del Caribe, en Haití. “Muchos renunciaron a Haití, pero decidí quedarme, luchar. Tenemos que concienciar a los jóvenes. Podemos hacer que trabajen juntos y enviar un fuerte mensaje”, continuó.

Mis amigos han perdido sus casas. La gente ha perdido la vida. No sabemos qué más hacer. Nuestro gobierno no cumplirá con el Acuerdo de París, nuestro gobierno está dando pasos hacia atrás.

Daisy Jeffrey, de Australia.

“Si vamos a luchar contra la crisis climática, tenemos que asegurarnos de que se respeten los derechos de los pueblos indígenas”, afirmó con contundencia Helena Gualinga, de Ecuador. Thunberg remató: “La gente está subestimando la fuerza de los niños enojados. Si los políticos quieren que dejemos de estar enojados, deberían dejar de hacernos enojar”.

La juventud de acento tico

Los jóvenes costarricenses se atrevieron a ir un paso más allá al estar inmersos en las negociaciones. La Red de Juventudes y Cambio Climático de Costa Rica estuvo en la COP25 y cinco de sus miembros formaron parte de la delegación tica.

Eso fue posible porque esta red viene realizando un trabajo conjunto con el Viceministerio de Juventud y el Ministerio de Ambiente y Energía (Minae) para facilitar espacios de participación a los jóvenes.

A través de un comunicado de prensa, la coordinadora del movimiento juvenil ambiental, Sara Cognuck, explicó que los representantes juveniles han estado aprendiendo sobre el funcionamiento de las negociaciones, pero también han podido externar sus criterios y perspectivas a los negociadores costarricenses, e incluso han representado al país en distintos eventos.

Cada uno de ellos da seguimiento a un tema como la revisión del Mecanismo de Varsovia sobre Pérdidas y Daños, la creación de capacidades dentro de las Contribuciones Nacionalmente Determinadas (NDC, por sus siglas en inglés), la transferencia tecnológica y el financiamiento climático, la descarbonización de las economías, los derechos humanos en la acción climática, la participación de la juventud y los océanos.

“La participación joven en cada uno de los temas es de alta importancia, debido a que permite identificar distintas afectaciones y realidades, además de que permite establecer lineamientos acordes a la necesidad de ambición y acción climática respecto a las personas jóvenes. Es un camino difícil, pero vamos avanzando”, manifestó Cognuck.

Jeffry Torres, joven indígena cabécar, llegó a Madrid con la misión de usar su garganta para dar voz a la juventud indígena costarricense. “Vengo del campo, soy indígena y protejo los bosques porque son mi casa, mi territorio. Soy joven y me preocupa que mi hogar, mi familia y mi pueblo se encuentren en peligro y cada vez existe más amenaza. A veces dudo de que los bosques aún existan cuando tenga 80 años. Así como la gente de mi comunidad, en todo el mundo existen comunidades indígenas y locales que cuidan de los bosques”, expresó.

Y continuó: “Estoy aquí, en Madrid, con jóvenes de estos otros territorios. Juntos estamos diciéndole al mundo que nos necesita porque: nuestros pueblos han cuidado los bosques históricamente y han logrado conservarlos por siglos gracias al conocimiento tradicional que se transmite de generación en generación; y nosotros tenemos la capacidad de combinar este conocimiento ancestral con tecnología de punta que nos permite crear soluciones innovadoras para reducir las presiones y las amenazas que ponen en peligro los bosques”.

El enojo juvenil no es gratuito

Según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef),la crisis climática amenaza con hacer retroceder los avances en materia de derechos de la infancia si no se invierte con la suficiente urgencia en soluciones que beneficien a los niños y las niñas más vulnerables.

Desde huracanes hasta sequías, pasando por inundaciones e incendios forestales, las consecuencias de la crisis climática nos rodean, afectando sobre todo a los niños y las niñas, amenazando su salud, educación, protección y supervivencia.

Gautam Narasimhan, asesor en Cambio Climático, Energía y Ambiente de Unicef.

De hecho, y según esta agencia de Naciones Unidas, alrededor de 503 millones de niños viven actualmente en zonas con un riesgo extremadamente alto de sufrir inundaciones debido a fenómenos meteorológicos extremos como ciclones, huracanes y tormentas, así como al incremento del nivel del mar.

El número de niños desplazados por fenómenos meteorológicos extremos en el Caribe se ha multiplicado por seis en los últimos cinco años. Entre 2014 y 2018, 761.000 infantes fueron desplazados internamente, lo que implica un aumento con respecto a los 175.000 niños desplazados entre 2009 y 2013.

Alrededor de 160 millones de niños viven en zonas que sufren altos niveles de sequía y, para 2040, uno de cada cuatro vivirá en zonas de extrema escasez de agua. “Existen tecnologías para gestionar eficazmente el agua, pero una mayor inversión para ampliar las técnicas puede ayudar a localizar, extraer y gestionar el agua de forma sostenible”, destaca Unicef.

Por otra parte, los desastres relacionados con el clima aumentan el riesgo de que las niñas abandonen la escuela y se vean obligadas a contraer matrimonio, o sujeta a situaciones de trata, explotación sexual y abuso.

Hoy, unos 300 millones de niños respiran aire contaminado; de ellos, 17 millones tienen menos de un año. Viven en zonas donde los niveles de las partículas 2,5PM superan seis veces los límites internacionales establecidos por la Organización Mundial de la Salud (OMS), lo que tiene un efecto perjudicial inmediato y a largo plazo en su salud, particularmente en su función cerebral y desarrollo.

“Fuentes de energía más limpias y renovables, un acceso asequible al transporte público, más espacios verdes en las zonas urbanas y una mejor gestión de los residuos que evite la quema a cielo abierto de productos químicos nocivos pueden ayudar a mejorar la salud de millones de personas”, recomienda Unicef.

El aire tóxico tiene graves consecuencias para los niños de corta edad, y contribuye a la muerte de unos 600.000 menores de cinco años, todos los años, debido a la neumonía y otros problemas respiratorios.

Padres por el clima

En ese contexto, los padres de familia también están enojados. Un total de 222 grupos de padres, provenientes de 27 países, abogaron acciones climáticas ambiciosas y urgentes en el marco de la COP25.

Específicamente, los padres y cuidadores pidieron a los negociadores escuchar a los científicos y usar la ciencia como base de la política, tomar acciones orientadas a limitar el incremento de la temperatura a 1,5°C y reducir las emisiones mundiales a cero de inmediato.

“Nuestros hijos e hijas están haciendo un trabajo valiente de concienciación y movilización de la opinión pública a nivel mundial sin precedentes. Nos han dado esperanza. Ahora nos corresponde actuar, porque la esperanza sin acción es sólo ilusión. Queramos o no, juntos somos las últimas generaciones que podemos asumir el reto de estabilizar nuestro clima y evitar un catastrófico cambio climático”, se lee en la declaración que lanzaron en la COP25.

Esta información fue producida como parte deL Programa Latinoamericano de Cobertura Periodística COP25, un esfuerzo conjunto de Periodistas por el Planeta (PxP), LatinClimaThe Stanley Center for Peace and Security, y la Red Regional de Cambio Climático y Toma de Decisiones – Programa UNITWIN de UNESCO. La cobertura completa aquí.

Michelle Soto
Michelle Soto

Periodista costarricense de ciencia y medioambiente. Editora de Ojo al Clima. Corresponsal de Mongabay Latam.

Nina Cordero
Nina Cordero

Fotógrafa costarricense.