Por Laura Rocha

25 de septiembre de 2020

El humo vuelve a las tapas de los diarios y a los segmentos informativos en la Argentina. Miles de hectáreas que se pierden y que muestran con claridad la urgente necesidad de políticas y acciones ambientales.

Mientras siguen pasando las horas tras el anuncio del primer Plan Nacional Ambiental del gobierno de Alberto Fernández, más incompleto se vislumbra. Al comienzo de la semana, con los parques de la Quinta de Olivos como escenario, el anuncio más fuerte fue el impulso a una Ley de Educación Ambiental y la jura por el ambiente en los colegios.

Las otras políticas que se detallaron se conocían hace un tiempo. Están relacionadas con el Plan Nacional del Manejo del Fuego, que volvió al Ministerio de Ambiente, y con la reactivación de un crédito internacional que parecía perdido, para que varias provincias puedan gestionar sus residuos sólidos urbanos.

¿Todas estas medidas protegerán a los bosques y humedales de los intereses del agronegocio y de los especuladores inmobiliarios? ¿Darán un impulso a la recuperación verde que necesita la Argentina y el mundo que sigue semi-confinado por la pandemia Covid-19? ¿Alcanzarán para cumplir las metas que la Argentina propuso en el Acuerdo de París? ¿Ayudarán a impulsar la transición necesaria para el recambio de la matriz energética nacional?

La respuesta es NO. Pero, lamentablemente, aparecen como el eje de la política ambiental que se piensa en el Gobierno nacional. Una política que no sólo aparece como mezquina sino que muestra que los que deberían educarse son los funcionarios que tienen la responsabilidad de tomar las medidas que la situación de urgencia amerita.

Los Ministerios de Economía y de Planificación no son parte de la batería para atacar la crisis climática. Al menos, no hasta el momento. Tampoco hubo gobernadores que se hagan cargo del verdadero ecocidio que sufren sus provincias a manos del fuegos y los desmontes. La administración de los recursos naturales es su jurisdicción, sin embargo, no sólo no aparecen sino que su ausencia propicia los desmanejos de sus territorios, una verdadera hipoteca para las futuras generaciones.

Los eventos que muestran la urgencia de la acción climática sólo desnudan la impotencia y la falta de estatura política argentina para asumir el compromiso firmado ante el mundo. Las erráticas políticas ambientales desde hace 20 años nos trajeron hasta este punto. Somos un país que tropieza una y otra vez con la misma piedra. Y, nuevamente, llegamos tarde a la revolución que ya está en marcha. Nuestros dirigentes sólo podrán verlo cuando sea demasiado tarde.

La Argentinidad al palo.